AL HILO DE LA NIÑEZ
Calzábamos la
infancia con unos zapatos viejos que gastábamos en la calle, porque la calle
era nuestra, hasta que la luna fue un
globo que se me escapó y la tierra otro
globo en el que vivíamos. Al atardecer
sonaba la musiquilla en la casa de alguna vecina que tenía televisión y oíamos
las voces de nuestros amigos y amigas que nos llamaban para compartir el programa y abandonábamos
nuestros juegos de canicas o peonzas, o dejábamos de cambiar nuestros cromos y
nos deleitábamos frente a la pantalla en blanco y negro. Aquella caja de
imágenes pasó a ser nuestro mito de la caverna
y nos parecía que todo lo que se proyectaba desde allí era real, de una realidad lejana como los
sueños que vivíamos o nos inventábamos a raíz de dejarnos desamparados en esos cortes publicitarios.
Muchas veces no tardaban seis minutos, sino que encadenaban
anuncios; unos tras otros. Y nos devoraba la impaciencia esos
intermedios larguísimos que nos
juntaba todas las lunas escapadas
en el cielo. Entonces alguien se convertía en un improvisado
indio que berreaba de camino a los callejones, otros
ensayaban el grito de Tarzán subidos a
las sillas de enea, yo me trenzaba el pelo como Pipi Calzas largas, e intentaba
subir por las paredes. Desde esos días
soñaba con montar un caballo de lunares o perderme en una montaña con Heidi. En
aquellas pausas entre los bastidores de la vida se volvían a oír
las llamadas de los compañeros que compartían
su regocijo con los niños y niñas del
barrio; ya han vuelto!- exclamaban inquietos,
y nos adentrábamos sin pestañear en nuestra casa común que era Barrio Sésamo.
A la vuelta hay más programación en casa de Gustavo.


