jueves, 8 de noviembre de 2012

Este Jueves relato. Volvemos en 6 minutos

      



AL HILO DE LA NIÑEZ
Calzábamos  la infancia con unos zapatos viejos que gastábamos en la calle, porque la calle era nuestra, hasta que la luna  fue un globo que se me escapó y la tierra  otro globo en el que vivíamos.    Al atardecer sonaba la musiquilla en la casa de alguna vecina que tenía televisión y oíamos las voces de nuestros amigos y amigas que nos llamaban  para compartir el programa y abandonábamos nuestros juegos de canicas o peonzas, o dejábamos de cambiar nuestros cromos y nos deleitábamos frente a la pantalla en blanco y negro. Aquella caja de imágenes pasó a ser nuestro mito de la caverna  y nos parecía que todo lo que se proyectaba desde allí  era real, de una realidad lejana como los sueños que vivíamos o nos inventábamos a raíz de dejarnos desamparados en  esos cortes  publicitarios.  Muchas veces no tardaban seis minutos, sino que  encadenaban  anuncios; unos tras otros. Y nos devoraba la impaciencia esos intermedios  larguísimos que nos juntaba  todas las lunas  escapadas  en el cielo. Entonces   alguien se convertía en un improvisado indio  que  berreaba de camino a los callejones, otros ensayaban el grito de Tarzán  subidos a las sillas de enea, yo me trenzaba el pelo como Pipi Calzas largas, e intentaba subir por las paredes. Desde esos  días soñaba con montar un caballo de lunares o perderme en una montaña con Heidi. En aquellas  pausas  entre los bastidores de la vida se volvían a oír las llamadas de  los compañeros que compartían su regocijo con los  niños y niñas del barrio; ya han vuelto!- exclamaban  inquietos, y nos adentrábamos sin pestañear en nuestra casa común que era Barrio Sésamo. 


A la vuelta hay más programación en casa de Gustavo.

martes, 6 de noviembre de 2012

El mismo camino



                                                   Pintura: Alicia  Férnandez (Argentina)


Zagal noble, así  lo fueron su padre y su abuelo. Quizá  fuera ese  el tesoro más valorado  de la estirpe; las exquisitas formas, la delicada educación, la  conducta  honorable y la actitud conveniente,  hacían del joven  una copia perfecta  de lo que fueron sus antecesores. Sorprendía tanta similitud, incluso se heredaba el aspecto físico  y ciertos gestos que  resultaban  demasiado familiares.  Esos rasgos  que le devolvía el espejo como si hubiera vivido en distintas épocas fue determinante para dar un giro a su vida. Decidió posponer sus estudios de medicina,  cambió su vestuario,  dejó de afeitarse y de cortarse el pelo, compró una maleta    y la llenó de libros, sustituyó su silla de montar por una guitarra, su coche por una moto, su estabilidad por la aventura.  Cuando se despidió de su padre  y de su abuelo,  el noble zagal  les informó de su afán por ser diferente.  Ambos  se miraron   cómplices,  abrazaron al joven y   le comunicaron que a su edad ellos también hicieron lo mismo.

(Este es un trabajo del taller con el pie forzado de la primera frase)

martes, 30 de octubre de 2012

El revés de la vida




Es preciosa esa foto —dijo Sara. Su abuela no respondió y comenzó a amontonar las fotografías con cierta prisa para volver a guardarlas en lo que fue una caja de bombones tan vieja como las imágenes en papel descoloridas por el tiempo, de un color gris que se empeñaba en tornarse pálido, igual a los recuerdos cuando permanecen estáticos. Sara había visto la foto otras veces, escondida entre imágenes familiares, pero su abuela nunca quiso hablar de ella, siempre daba vagas explicaciones y recogía las imágenes con el mismo nerviosismo. Esta vez la pequeña se precipitó sobre la estampa y la atrapó con una mano, echando a correr con ella por el pasillo camino de su habitación al tiempo que oía a su abuela detrás vociferando improperios. La madre de Sara, al oír el alboroto, salió de la cocina para poner orden entre ambas.
—Mamá, yo quiero esa foto. —Suplicó la niña delante de su abuela.
La madre respiró profundamente, miró de soslayo a la abuela y le dedicó una fría mirada a la hija.
—¿Por qué quieres esa imagen?
—Porque… ¿Por qué ella nunca me habla de esa foto?
La abuela las observó y con un gesto de indiferencia se marchó. La madre intuyó cual era la fotografía de la discordia y se acercó a su hija.
—¿Por qué esa y no otra, hija mía?
—Porque es perfecta.
—Menos mal que todavía existe la ingenuidad infantil. —Murmuró.— Esa foto —continuó en voz alta— que te parece tan especial no es más que una puesta en escena. La cara de felicidad de la abuela era auténtica. Aquel día fue verdaderamente excepcional para ella. Mi padre le prometió un hermoso día y cumplió su palabra, y ella quiso inmortalizar el momento. Al día siguiente, él, nos abandonó por otra mujer.

Nota: Este relato se hizo en nuestro taller Café de Palabras. Se comenzaba con el pie forzado  de la primera frase y ha sido corregido  por mi amigo Pedro. Aquí está el resultado.