Al llegar a casa su esposa irradiaba una alegría inusual y le
felicitó. Él le dio las gracias y la miró por el rabillo del ojo, antes de
sentarse en el sofá. Unas horas antes
rodeaba entre sus brazos a una estudiante de derecho en su despacho. Aquella
era su forma de conquistar a sus jóvenes ayudantes becarias. Siempre lo hacía
con una mezcla de improvisada
naturalidad al elogiarlas por su buena
labor en el gabinete. Así, sus abrazos se alargaban tanto que, esa tarde al igual
que otras, después del achuchón también le crecía la entrepierna.
-Mira guapa, como me pones.-
le decía mientras colocaba la mano de ella sobre la bragueta
con el pene erecto.
En ese momento esperaba el cuerpo desnudo de la joven junto al calor del suyo, pero esta
vez, la chica buscó la mano de él y la
colocó a la altura de su sexo.
-Mira guapo, aquí tengo lo que te hace falta. Tu mujer me dijo que además de unos buenos
melones te encantaban las cebolletas y ha tenido el detalle de regalarte esta
enterita por tu cumpleaños.
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