jueves, 28 de octubre de 2010

A final de mes...


Y a final de mes, los restos de la nevera y los estantes mudos, sólo una mirada vacía en el lugar de la leche, una huella reseca
de  preguntas.

Encima de la mesa facturas que hacen cola para bailar con algún billete cojo y los números esperan en el interior
de una hucha.

El trabajo es una hoja aplastada que alguien ha lanzado a la papelera porque no tiene nombre, ni hambre, ni voz,
ni dudas.

Sólo unas manos que nacen de la tierra y crecen sin ramas, hojas baldías que sin abrigo mueren en la intemperie,
juntas.

Y así, la vida resulta un escaparate frío de pobres que se asoman con las ganas prestadas y la voluntad de saldo impuestas, e injustas



martes, 12 de octubre de 2010

Una semana con la Ley de Murphy

Ley de Murphy:

Si algo puede salir mal,

saldrá mal, incluso puede ir a peor.

Lunes 4:

La semana comienza con la reunión general de tutores con las clases correspondientes. Como presidenta del AMPA también comienza la campaña de captación de socios/as y elaboro un documento explicando las ventajas que tiene ser socio para los niños y niñas dentro del colegio. Para ello debo entrar en cada una de las clases y dar un pequeño discurso. La organización de los horarios en cada aula se ha extendido y muchos profesores y profesoras me sugieren que debo ser breve, así que mi discurso se reduce a cuatros palabras insulsas y acabo pronto en cada aula, pero he perdido cuatro horas (con lo que tengo que planchar…).

(He pasado muchos nervios)

Martes 5:

Debo hacer la misma operación con 1º y 2º de ESO que también se da en este colegio de Infantil y Primaria. Llego tarde. Me trago todos los discursos. Cuando el último dice la última palabra, yo me levanto y les pido a los padres un minuto. Necesito hablarles porque en el curso pasado no hubo delegados/as de estos cursos, además los socios/as fueron muy pocos, con ese propósito quiero dirigirme a los padres y madres, pero todos se levantan con la intención de abandonar el aula. Como miembro de la comunidad educativa me han faltado al respeto y así lo digo. Unas cuantas madres se quedan a escucharme. Las profesoras están detrás de mí haciendo tutorías personalizadas.

(Me he enfadado y me pregunto si esto tiene algún sentido)

Miércoles 6:

A la entrada del colegio una madre me invita a un café, es la misma madre que le hizo la vida imposible a la anterior presidenta. Antes de tomar el primer sorbo, me arroja una serie de dimes y diretes, y me culpa de muchas equivocaciones en la última reunión de Junta. Le digo que es imposible que yo haya dicho eso, y me sorprende narrándome cuándo comenzó la reunión, qué dije, cuándo me callé, cuándo hablé dirigiéndome a ella, cuándo hable con las demás mamás, me relató al dedillo todo cuanto hice. Después de hablar bastante rato, acabo más sorprendida viendo como está intentando ponerse medallas de algo que se inventa o imagina, pero que yo conozco y que no es cierto.

(Esta conversación me incomoda y me pone en la tesitura de cómo manejarla para que no me destroce la Junta)

Entro en mi edificio cargada con dos bolsas de compra. Me cruzo con una vecina y le doy el pésame por la muerte de su hermano. Al rato aparece su marido y comienza a hablarme sobre algunos artículos de la comunidad de propietarios que incumplen otros vecinos. Me cuenta historias pasadas que tiene varias versiones como he podido comprobar por otros vecinos. Ahora crítica mi actuación con respecto a las gestiones que vengo haciendo desde hace tres años para la instalación del ascensor. Intento explicarle algunos avatares y problemas que tuve que resolver, pero este señor se niega entenderme. No quiero discutir sobre algo que ya se ha hecho y que hice sin ayuda.

(Me encuentro muy, muy nerviosa. Me viene a la memoria Elfriede Jelinek, premio Nobel de Literatura en el 2004 que padece fobia social y que por ello no fue a recoger su premio.)

Jueves 7:

He dormido poco, las musas me han visitado pero he de ir a trabajar a casa de una señora que me contrata como empleada de hogar por cuatro horas.

Por la tarde he ido a de gestionar mi matricula, este es mi último año de la diplomatura de Educación Social. Me informan que las tutorías se desplazan de fecha y lugar. Estupendo, ahora tendré que viajar una vez a la semana. ¡Fantástico!

(Estoy cansada)

Viernes 8:

Trabajo en casa de otra señora de edad avanzada. Esta señora tiene muchos problemas familiares y me hace partícipe de ellos, yo la escucho mientras trabajo en su casa, además trato de que vea las cosas desde otro punto de vista, sobre todo para descargar la conciencia. A veces pienso que me contrata para que la apoye y para que la escuche.

(Sigo cansada)

Por la tarde tengo un ratito y me pongo a plasmar lo que mis musas me dejaron la otra mañana en mi almohada.

Después hago otras gestiones que tenía pendientes. Cuando vuelvo a casa, al rato me llama mi hermana para contarme que mi madre está ingresada nuevamente en el hospital. Otra vez su corazón se desborda. Todavía recuerdo como el año pasado casi no contábamos con ella, y me duele, creo que este sentimiento sigue conmigo.

(Me siento extraña).

Sábado 9:

Me duele la espalda, me siento cansada y triste. Pienso que debo viajar a ver a mi madre y estar con ella un par de días aprovechando que hay puente en el colegio. Pero me siento sin energía, así que decido hacerlo el domingo y me doy tiempo.

Domingo 10:

Ha estado lloviendo toda la noche, sigue lloviendo, madrugo para preparar mi viaje. Al levantarme me siento mal, todo me da vueltas, mi habitación parece un barco, creo que pasará, a pesar de esto, estoy decidida a viajar. Pero no puedo mover el cuello, no puedo agacharme, todo sigue dándome vueltas. Esto se debe a que mi cabeza pesa tanto que mi cuerpo no quiere hacerse cargo del excesivo peso que hay en ella. Por otro lado mi cuerpo me duele tanto que no se pone de acuerdo con mi cuello para sostener mi cabeza. Tengo ganas de vomitar. Decididamente no podré viajar.

(Me siento fatal.)

Para colmo la pantalla del ordenador se ha roto.

Estoy tan harta, que sólo me gustaría gritar, pero no puedo ni con mi cuerpo ni con mi alma.

Y estamos en Feria; maldita la gana que tengo de divertirme.


Cuando todo va mal


viernes, 8 de octubre de 2010

V Concurso de Paradela. Convocatoria Octubre

BESOS DE ÁRBOL EN LA CAÑIZA

No sabía por qué le temblaba la llave entre las manos. Antes de abrir la casona, de la Cañiza, acercó el oído a la puerta e intentar escuchar algún ruido que viniera desde el interior, pero la casa respiraba en su silencio más absoluto. Para ella, era la casa del otoño, la casa de los recuerdos que se abren cuando se abre la puerta y entonces ella se hace pequeña y sube la escalera que ha esperado todos estos años sin reproche. Llegó hasta su habitación, quería verla como en un sueño que tuvo; su cuarto convertido en un campo de margaritas y amapolas por el que correteaba sin límites, fue un bonito sueño que guardaría como guardó su infancia plegada como un secreto. Pero allí, todavía quedaban restos de la niña que fue, y le produjo un extraño sentimiento caminar por la casa. A ratos todo le parecía grande, con esos ojillos que traía prestados de un ayer que le hacen las delicias del presente, del hoy, de la mujer que es y que se desdobla. Fue a la habitación de sus padres y vio en la mesita aquellas fotos que tanto veneraba su madre.




En una de ellas estaban sus abuelos en blanco y negro posando desde hacía muchos años en ese portarretratos que languidece la mirada y se vuelve pálida, pero no muere porque es un momento estático, un momento para no envejecer, porque el tiempo se detiene junto a ellos, aunque se deshojen muchos calendarios. En la otra foto estaba ella junto a su madre y desde que levantaba dos palmos del suelo, de puntillas alcanzaba a cogerla con ambas manos y la miraba intentando reconocerse. Se podía tirar horas con la foto paseándola por los pasillos, en varias ocasiones rompió el cristal que por fortuna nunca hizo herida.

Bajó las escaleras y caminó hacia la cocina. Se detuvo en el quicio de la puerta como hacía de pequeña, y espiaba a su madre cocinar mientras escuchaba las voces que salían de aquel trasto enorme que era la radio. No olvidó ese día que su madre estaba tan contenta, y como ahora descubrió que la observaba, apartó la comida del fuego, apagó la radio y le dijo:

-- -Ven, vamos a comernos los besos de árbol que ha traído tu tía.

Sin decir nada, siguió a su madre hasta el porche trasero, y sobre la mesa había una cesta de brevas.

-Ven, mi niña, te voy a contar por qué las llamo besos de árbol. Recuerdo que a tía Anuncia le había escrito un chico y se fue debajo de la higuera a leer la carta, allá en la finca Paradela. Yo la buscaba para arreglar unos tomates de la huerta y la encontré allí tumbada boca arriba, con los ojillos cerrados y abrazada a su carta con una sonrisa de bebé. Me acerqué a ella sigilosamente. Olía como huele una higuera en octubre, con ese aroma dulzón perfumando la finca.



- Y vi aquella breva en el árbol a punto de miel, toda ella apetitosa, justo encima de la tía Anuncia, así que con mis poderes mágicos, plis, plis, plis, la hice caer justo en los labios de ella. Tía Anuncia abrió los ojos sobresaltada y se lamió el labio inferior degustando esa gotita de miel. ¿Te gusta? – le pregunté. Ella me contestó, que sí, que le había dejado un dulce paladar. Has visto Anuncia- le dije - el árbol ha venido a besarte. Y nos reímos a carcajadas. Desde ese día las llamamos así.

Entre sus recuerdos, aquel podía saborearlo, sólo le bastaba cerrar los ojos y sentir el dulzor en su boca.

Necesitaba volver a la casa y quedarse unos días, unos meses… no había decidido el tiempo, porque eso ya no importaba. Necesitaba reencontrarse con su infancia, con esa niña que le salió al encuentro nada más abrir la puerta. Y decidió ir a la finca a traerse unos cuantos besos.