domingo, 18 de diciembre de 2011

Una tarde fuera del tiempo


No cabían dudas, con ella no había resquicio de incertidumbre, la conocí hace casi un par de años al vuelo; como se conocen las personas por el espacio, igual que al cerrar los ojos, sólo sientes. Así fue como conocí a Emejota, por este universo virtual, en el que son nuestras palabras las nos presentan ante los demás. Cabía la posibilidad de que cada persona se reinventara detrás de un blog, pero eso, se puede hacer unas cuantas veces, pero no durante mucho tiempo. Y en cada entrada la fui conociendo, como a otras personas en este mundo de los blogs. Para mí, siempre será mi madrina bloguera, un referente con el que me identificaba a través de sus historias, porque, la forma de actuar ante algunos hechos la respuesta era similar a la que yo adopté en mis circunstancias de forma intuitiva. Y nos reconocimos sobre los renglones, sobre los párrafos escritos. Curiosa es la forma en que suceden estos conocimientos, cómo llegan en forma de sensaciones a través de la lectura. Pero Emejota no es una novela, ni un libro cerrado al que hay que abrir y comenzar a leer para entrar en la trama de su vida, ella es una mujer que habla de sí misma con la misma naturalidad de la persona que se conoce y se reconoce aunque se pierda en algún momento para volver a encontrar el camino.

Cuando me dijo que pasaría por Jaén para darme un abrazo, no podía creer que algún día pudiera conocerla. En algunas ocasiones, pienso que tal vez mi forma de ser pueda decepcionar a la otra persona que intenta conocerme, pero en seguida se disipa esta duda porque mi forma de ser es la que tengo y no tengo otra de repuesto para ocasiones especiales, cada persona que conozco ya sea en el ámbito que sea, merece mi respeto y como tal seguirá siendo de esa forma. En cambio, la idea de conocerla para mí no albergaba desconfianzas, me sentía segura. Al escucharla por teléfono, su voz sonó como yo la imaginaba. Pero al verla junto a Zola y Vega desde lejos casi no la reconocí, tuve que acercarme para darle un abrazo cuando le vi los ojos a través de las gafas cuando supe que era ella. Me gustó ese aspecto de edad indefinida, su porte de mujer libre y su sonrisa rescatada de una nube, porque en el momento que comenzamos a hablar ella me pareció un paisaje por el que comienza a salir el sol. Y llegó aquella sensación de que no había tiempo entre nosotras, que el tiempo era indeterminado, como el lugar, y la charla, como si esta visita fuera como una burbuja fuera del tiempo. Luego apareció Chelo, mi amiga y paisana del blog Y nacimos casualmente” con la que quise compartir la tarde y la llegada de Emejota. Y pasamos una tarde muy amena, charlando de nuestras cosas, de nuestros blogs, de la vida.

Cuando la despedí para que ella continuara su viaje y marchaba a mi casa, yo permanecía en la misma burbuja fuera del tiempo con un bonito paréntesis de abrazos.

jueves, 15 de diciembre de 2011

El próximo para mí.


"Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina.

Y el doctor responde: ¿Pues por qué no lo mete en un manicomio? Y el tipo le dice: Lo haría, pero necesito los huevos". Woody Allen.



Durante el día mi hermano Javier estuvo de malhumorado, ya por la tarde, cuando todos estábamos enfrente de la tele y comenzaron los anuncios fue que dijo:

-Mi amigo Luis ha dicho que los Reyes Magos no existen. Que son los papás y si son los papás nunca tendremos estos juguetes que salen en la tele.

-Sí. Es un rollo.- dijo mi hermano Juan –Nos regalan siempre ropa.

Yo en plena pubertad, me resistía a abandonar esa niñez que el tiempo trataba de arrebatarme y hacerme mayor a toda costa, por eso, me aferraba a mis hermanos más pequeños para quedarme un ratito más allí, en ese lugar indefinible de la infancia. Escuchándoles recordé cuando descubrí la verdad sobre los Reyes Magos que, me rozó de puntillas aquella noche al oír un ruido y me levanté para ver si de verdad eran ellos que habían llegado. Como una sombra en la oscuridad aceché en la habitación iluminada y vi a mi padre subido a una silla alcanzando algunos juguetes guardados en lo alto del armario y se los iba dando a mi madre. Para no ser vista y guardar el secreto de mis padres volví a mi cama un poco más adulta que antes. Aquel descubrimiento llegaba ahora también a la vida de mi hermano; para él llegó la caída de los castillos de arena. Y me negué a perder la ilusión o que la perdieramos. Así que dije:

-Tengo una idea. Vamos a jugar a un juego. Como hay muchos anuncios, el próximo que salga será para Javier.

-Y después… yo.- dijo mi hermano José.

Dispuse el orden a seguir y esperamos con ilusión el próximo anuncio. La televisión nos mostró el anuncio de Scalextric, y mi hermano muy contento gritaba: ¡los coches son míos, son míos!!!

Ante aquella respuesta, mi hermano José esperaba el siguiente anuncio con la misma ilusión. ¡Un Madelman! ¡Bien!! Ahora una muñeca de Famosa. Ahora el Tragabolas para Juan.

Estuvimos así unos cuantos minutos. El próximo anuncio es para mí, gritaba mi hermana de cuatro años, que ya se había incorporado al juego. Todos esperábamos con impaciencia el primer anuncio que le tocaba a Eleni. Esta vez en vez de salir un juguete, vimos el anuncio de Scotex, y todos nos reímos.

-Yo no quiero ese anuncio. – musitó mi hermana. Es un anuncio muy feo.

-Pues ese es el que te ha tocado y te tienes que aguantar- sentenció Javier.

Y la niña enfadada se puso a llorar. Como mis hermanos no dejaban de reírse, me acerqué a ella y dije en voz alta:

-En este anuncio, ella se queda con el perrito, no con el papel, ¿te quedas con el perrito, verdad?

Y mi hermanita esbozó una sonrisa como respuesta.

-Sí, el perrito para mí.

-Eso no vale –dijo mi hermano José- el anuncio es de papel higiénico.

-¿Y qué más da?

-Pues, que el perrito lo quiero yo.

- No. Es mío.- El perrito es mío- se defendió la pequeñaja ante su hermano mayor.

-Venga José, que el próximo es el tuyo- le ordené.

Así estuvimos toda la tarde, esperando los anuncios que se colaban entre la película que se hacía interminable, pero que no nos importó. Ya contentos apareció mi madre en el salón al oír nuestras risas.

-Mamá, mamá, todos tenemos un montón de juguetes cada uno!!!! - gritamos todos a la vez.

Y conseguimos soñar como sólo los niños pueden hacer.


viernes, 2 de diciembre de 2011

Anuncio de Champú (Concurso de Paradela. Diciembre)

Fotografía: Mª Jesús Fuertes
Montaje: E. Fernández


A LA ATENCIÓN DE COSMETICA BIOTINA S.A.
Paseo de las cebras, s/n
28100 Madrid.

Estimado/ señor/es:

Hasta ayer había sido un calvo a tiempo parcial, un calvo con sus parcelas baldías- todo hay que decirlo- pero que todavía asomaban algunos cabellos por mi cabeza y tenía la esperanza de no ser un calvo a tiempo completo.

Una mañana al salir de casa vi que enfrente habían puesto un enorme anuncio en el cual un joven risueño con una hermosa cabellera decía: Tu pelo te quiere. Y me puse triste triste, pues mi pelo cada día se quedaba junto al peine, así un día y otro, y otro, y otro… No sabe usted los celos que puede uno cogerle a un peine en esas circunstancias. No, estimado señor, mi pelo no me quería, mi pelo me abandonaba como el desodorante de mala calidad, mi pelo se marchitaba como el trigo sin regar, se caía sobre los hombros como la caspa, se separaban de mi cabeza como un divorcio irreversible, me iba quedando huérfano de raíces capilares, me estaba convirtiendo en un pobre pelón, o en un pobre melón, da igual, mi pelo no me quería, me abandonaba a mechones en la bañera, en el lavabo, en la almohada, sobre la ropa, noooooooooooo, mi pelo no me quería. Entonces comencé a preguntarme qué es lo que tenía el joven del anuncio para que su pelo le quisiera, y a mí me abandonara como un perro en cualquier esquina de verano. No podía permitir que mi pelo se fuera con tanta facilidad, así que armado de valor entré en el Corte Inglés, buscando como un desesperado, como un poseso en busca de su deseo, ese dichoso champú que amaba el pelo y, que a su vez, el pelo me amaría. Miré con ojos de enamorado uno a uno cada estante, cada bote de champú, cada envase de colores, hasta que lo vi, junto a otros envases muy bien puestos y colocaditos como si fueran a desfilar ante mí y me cantaran una canción romanticona; y comencé a imaginar que mi pelo crecía y crecía como las habichuelas mágicas de Periquín, me imaginaba que mi pelo me hacía corazones de amor, igual que al chico del anuncio. Sí, señor, confieso que me sentí atraído por aquel envase, ya sé que todos eran iguales, idénticos, gemelos unos de otros, pero aquel envase algo alejado del resto, hizo que empatizara con su soledad de champú abandonado y me acerqué a él de forma delicada, acariciando con mi mano la punta del tapón. Después, cogí el envase con ambas manos y lo desenrosqué para percibir el olor, me acerqué el envase a la nariz y éste me soltó un chorro de champú directo a las fosas nasales. La experiencia fue como esnifar un pelotazo de limón exprimido hasta mis ojos. La dependienta al verme se acercó a mí con un rollo de papel higiénico y quiso limpiarme ese líquido viscoso que se mezclaban con mis mocos. Nunca he sufrido tanta vergüenza en mi vida, pero lo peor fue cuando la señorita me limpiaba, me hizo tantas cosquillas que apreté con tal fuerza el envase que salió disparado otro resto de champú que cayó en su escote resbalando hacia el canal de los pechos. En ese momento sin dilación le robé el rollo de papel y me afané en limpiarle el líquido pringoso por su escote y parte de… bueno… otras partes y, fíjese,señor, en vez de darme las gracias, la buena mujer se puso a gritar como una descosida y a inferir múltiples insultos, pero fue más allá; con ambas manos me tiró de los pelos y me arrancó los pocos mechones que me quedaban aún. Luego, me arrebató el envase de champú y lo vacío todo, todo sobre mi cabeza, y encima tuve que pagar el dichoso bote de las narices. Todavía no comprendo este mal entendido, el caso es que, cuando llegué a casa, me metí en la ducha para aclararme el champú y mi pelo dejó de quererme para siempre. Desde ese día sueño con la cabellera del chico del anuncio, creo que si me pelo no me quiso, tal vez el chico…

Disculpe el atrevimiento de este calvo sin remedio.

Le saluda atentamente,


Fdo. : Leoncio Pontes