Mujer sentada de Miró
LA PUERTA DE DOS MUNDOS
A veces hay puertas que se cierran y echan raíces tan profundas que se convierten en un muro de piedra, en una línea fronteriza de un mapa con dos mundos.
Ella
navegó desde Cuba, con la maleta llena de sueños y promesas, con el
hambre doblada en un rincón del equipaje. Trajo su piel oscura y sus
ojos claros, su enorme culo y una bicicleta.
Vino con un dios embotellado que descorcha en los amaneceres fríos. Ella, predica por las calles mientras te vende un paquete de bragas negras sin encajes o un pijama de estrellitas o calcetines de olvido.
Los hijos que trajo como alforjas o que engendró en una noche de putas, crecen lejos de sus manos y de sus besos. Por eso se le enreda el pelo, como la vida que pega tirones y le pincha una rueda en mitad de la nada.
Él quiso ser torero de plaza y ruedo, de orejas y capotes hasta que la vida se le quedó en un palmo, en un hilo de suero y hospital, y con todo, pudo aferrarse al capote y salir a hombros a la calle. Desde entonces cada noche antes de acostarse pone un vaso de agua en su mesita para tragarse los programas de mierda junto a un puñado de pastillas a las que le nacen hilos en su cabeza, en sus manos, en su cuerpo.
La
conoció una tarde de domingo de compraventa de tejidos y carne morena.
La subió a su casa y se quedó a dormir un año y varios días. Pero él se cansó de vomitar al diablo y de rezar sin calzoncillos arrodillado frente a la cama. Y una mañana sin despunte sacó sus bártulos a la calle y cerró la puerta tras de sí.
Ella
al volver de su trasiego vio sus pertenencias arrojadas al desprecio y
se acomodó junto a los enseres a esperar que la puerta en su muro
de silencio abriera una rendija para colarse de nuevo.
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PD.: Este relato lo escribí hace dos años, espero que valga para este jueves. Ando poco inspirada últimamente.