BOLITAS DE PAN
Araceli tenía un talento extraordinario, hacía bolitas
con la miga de pan. Se pasaba los días
hurgando en el interior de las barras y modelando con los
dedos igual a la plastilina. Las creaba de todos los tamaños y con el
paso del tiempo, que éstas se endurecían,
las utilizaba como canicas o como piedras arrojadizas en clase.
La maestra
no se acostumbraba a ver aquellos
granos rodando por el suelo o alrededor de su mesa. Una mañana se llenó la mano de esas migajas de formas tan perfectas, que le invitó a pintarlas de colores. Ella lo percibió como un nuevo
reto a desarrollar su talento,
comenzó a robar la parte blandita de los
panes en todas las casas amigas o vecinas, y así, fue perfeccionando su arte. Hasta que desaparecieron todas sus creaciones y nadie supo aclararle lo
sucedido.
Desde entonces, ocultó sus productos
en algún lugar secreto de su casa, porque podíamos verla afanada con las
manos, pero no sus figuras redondas de todas las
medidas y tonos. Intrigada por tanto misterio, le pregunté dónde guardaba sus
bolitas, y ella, muy misteriosa, me
llevó a su dormitorio. Me hizo agacharme y mirar debajo de la
cama. Allí estaba todo su arte, blindado por un batallón de hormigas.

