
I.-
El día que mi madre se convirtió
en pétalo de rosa, mi hermano templaba
la guitarra sin hacer sonar la cuerda
por la cual se deslizaba el gato negro
que le había mordido el corazón.
Todos llevábamos ventanas en los ojos
y en el recibidor de nuestra boca
nudos donde colgar un punto suspendido.
Castigados de cara a la pared
Hacíamos ovillos con las manos
y huíamos por los pasillos
silenciosos, largos y antisépticos.
Ese día, mi madre amaneció recostada
en le reglón de una nueva página.
Como reciente cosecha se dejó
acariciar por el acorde de muchas notas
y así la guitarra afinó sus esquinas
para oír el concierto de nuestras risas.
II.-
A pesar de que se filtre toda la luz por las ventanas de los hospitales, si se instala la incertidumbre sólo existe penumbra. Intuimos que detrás de las nubes está el sol, como la vida que debería aparecer sin preámbulos. En los hospitales, además de enfermos, camillas, médicos, enfermeros, medicinas, etc., hay pasillos, y salas de espera, y cafeterías donde se encuentran los familiares de los enfermos acompañados cada uno de su propia nube, y puede ocurrir que a veces llueva dentro de un ascensor sin previo aviso, o a solas en cualquier baño, o caminando a la salida del hospital. Estos lugares, aunque no siempre, son la antesala de las despedidas, algunas llegan a ser definitivas y otras nos van avisando, porque nada vuelve a ser igual una vez que entras.
La vida nos mide el tiempo, y miro a mi madre recostada en la camilla, atada a una botella de oxigeno, otra de suero, invadido el cuerpo de electrodos y la observo mientras duerme. Y recuerdo aquella tarde en la que abrí su armario y registré entre sus vestidos cuando percibí el olor dulce de su perfume seguido de un sentimiento de ternura que me asaltó de golpe, fue un instante en el que vi a mi madre por primera vez como una persona independiente, con su propio mundo, con su propia vida, con su olor impregnado en las ropas. Todavía con la ternura entre mis manos, recogí su camisa y en unos segundos la recuperé, y también su dulzura, que nunca dejó de serlo. Por eso, ahora que la miro descansar, se me agolpan de nuevo los sentimientos, el amor de caminar juntas sobre la vida; la que tenemos, la que ella misma nos ha ofrecido, la que lleva en su corazón desbordado, la que nos guarda cada día sin decir nada.
Poema y texto: Encarni Fernández Sánchez


