lunes, 14 de junio de 2010

Reencontrándome en la Escuela




Después de terminar mis prácticas, y mis exámenes he llegado a la conclusión de estar buscándome en la infancia. El centro de mis prácticas era similar a un colegio en el cual estuve cursando 6º de EGB y del que provino mi fracaso escolar; fui repetidora de séptimo y me daba igual seguir estudiando. Esto se llama ‘indefensión aprendida’. Un incidente provocó, o mejor dicho agravó mi situación escolar. El profesor de ciencias sociales puso unos deberes en la clase, consistían en dibujar el mapa de un país, y debíamos colocarle los habitantes, el clima, las mesetas o montañas, etc., algo que por otra parte olvidé, así que con premura me dispuse a hacerlo en la hora del recreo. Ya en clase, el maestro revisaba puntualmente el trabajo de los alumnos que él nombraba, yo rezaba para que no me tocara a mí, pero debió de notar algo en mi cara que me llamó. Me acerqué a la mesa con mi libreta de anillas y le enseñé mi trabajo. Le echó una mirada de reojo, abrió las anillas y sacó todas las hojas de mi bloc que tiró con desprecio en dirección a los alumnos y añadiendo: ‘el trabajo es una mierda, anda vete a tu sitio, pero antes recoge tus papeles’. Así que me agaché para recoger una a una las hojas, algunos compañeros me pisaban los papeles adrede, con mi consiguiente enfado, seguido del enfado del profesor ante mi tardanza. Desde ese día decidí que no quería estudiar en aquel colegio. Recuerdo toda la agresividad que se respiraba, en los niños, en las niñas, en los profesores y profesoras, entre los padres y madres; todo lo que pasaba allí era conflicto, y la forma de resolver el conflicto siempre era la violencia verbal o física.

Acabé octavo de EGB, porque yo pedí a gritos que me cambiaran de centro. El director llamó a mis padres y a mí a su despacho, para tratar mi situación. El director no comprendía cómo hasta quinto había tenido muy buenas notas y al llegar a su colegio descendieron estrepitosamente. Me miró directamente a los ojos y me preguntó: qué hacemos contigo criatura. Y yo le contesté que me sacaran del centro, que no quería seguir allí ni un minuto más. Por fortuna acabé mi graduado con la intención de no estudiar más. Me conformaba con llevar a mis hermanos pequeños al colegio. Una mañana me vio el que fue mi profesor de Lengua, se me acercó a interrogarme sobre mi futuro. Le dije que no pensaba estudiar nada más. Y él me escuchó con esa paciencia de la que era bastante conocido y me dedicó un poco de su tiempo.

- ¿Ahora te dedicarás a bordar tu ajuar a punto de cruz?- me preguntó mientras pensaba, en que mis abuelas querían hacer de mi una mujer primorosa.- Te dedicarás a buscar novio, y dentro de unos años cuidarás de tus hijos, y ahí se acabará tu vida.

La verdad es que me asustó aquella sentencia, vi el futuro tan negro que al llegar a mi casa, le dije a mi madre que seguiría estudiando en un centro de formación profesional.

Sólo pude estar dos años, pero fueron imprescindibles en mi crecimiento personal. Allí descubrí habilidades que creía desconocidas, tales como escribir una pequeña obra de teatro y representarla con algunos compañeros y compañeras, elaborar una revista literaria, hacer playback, etc. Allí también descubrí la amistad, he de reconocer que mis dos grandes amigos de aquella época son homosexuales, pero entonces no lo sabía, creo que ellos tampoco. En fin, aquellos fueron mis maravillosos años en los que yo me hacía mayor, tanto que cuando mi padre se quedó en paro, un día le dije que buscaría empleo. Ese día mi padre me acompañó y encontramos trabajo los dos. A pesar de mi decisión, nunca olvidé que había dejado mi futuro atrás, que no podía estudiar y que más tarde supuso la total imposibilidad.

Y al entrar en el centro de mis prácticas, me reconocí en aquella niña de secundaria que deseaba marcharse, en aquel niño asustado y tímido que su padre le enseñaba con unos conocidos métodos educativos, en aquella niña nerviosa que tropezaba torpemente y que siempre caminaba subida en una nube. Y volví a mi infancia, aquella que me dejaba soñar, deseosa de proteger a esos niños y niñas que me recordaban lo que yo también fui un día.

5 comentarios:

beker dijo...

La vista atrás y los buenos recuerdos de la infancia llana,,, un abrazo

JUDA dijo...

Te avisé, estás destinada a ser maestra de la vida. Para ser maestra de la vida es necesario reparar todas las heridas, a través de la comprensión.

Y sucederá lo que sea necesario, para que comprendas todos los hechos de tu vida. Algunas personas dicen que son casualidades, otras lo nombran como causalidad.

Un abrazo.

Encarni dijo...

Beker, una infancia difícil de explicar, pero más que una infacia llana, una infancia de pueblo llano. Un abrazo.

Encarni dijo...

Juda, las personas somos tan complejas, que a parte de la empatía para comprender al otro, es necesario pasar por ciertas cosas que no siendo iguales, pero sí similares te hacen comprender mucha de nuestra historia vital. Tal vez esté cerrando heridas, tal vez lo que he hecho todo este tiempo.

Un abrazo.

emejota dijo...

Hay muchas formas de ser maestr@, ser madre lo lleva implícito. Solo tengo algo claro, quienes pasan durante los años de escuela por mayores dificultades, acaban siendo los mejores maestros, porque comprenden perfectamente los problemas de sus alumnos más difíciles y tienen la capacidad de ayudarles a ayudarse a sí mismos, amén de la experiencia necesaria que otorgan los años. Un abrazo.